Casualidad y suerte

Las casualidades son pícaras e inseparables compañeras de viaje que parecen comportarse sin orden ni concierto. Eso sí, actúan democráticamente, pues afectan por igual la vida de hombres y mujeres, mayores y pequeños, ricos y pobres. Sin embargo, muchas personas tratan de exiliar el azar de sus vidas e ignoran o niegan su influencia. Suelen ser individuos fatalistas que aseguran que todos los acontecimientos están sometidos a leyes inalterables e irrevocables. Creen profundamente que el futuro ya está decidido, sea por principios científicos, disposiciones divinas, decretos del destino o influencias astrales. No faltan tampoco quienes al tirar los dados borran el elemento de azar que en realidad guía su caída y leen en el resultado la fuerza implacable del destino. Algunos imaginan incluso que Dios hace que llueva o salga el sol intencionadamente, para facilitarnos o complicarnos la vida el día de la boda al aire libre.

Hablando del rechazo al factor casualidad, recuerdo una noticia publicada en octubre de 2003. Explicaba la reseña que a Jan Michelini, ayudante de dirección de la película de Mel Gibson La pasión de Cristo, le cayeron dos rayos y otro al actor principal, Jim Caviezel, mientras rodaban el polémico filme en Italia y se resguardaban bajo un paraguas de una aparatosa tormenta. Por fortuna, excepto por quemaduras sin importancia, ambos sobrevivieron a las descargas eléctricas que les enviaron las nubes del cielo. Numerosas personas creyentes irritadas por el planteamiento «superficial» que había hecho Gibson del Nuevo Testamento o por considerar la cinta antisemita o, incluso, antiislamista ( la película fue prohibida en Arabia Saudí, Kuwait y Bahrein) vieron claramente la castigadora mano de Dios en el suceso.

La casualidad es más llamativa cuando pasan cosas improbables. Esto me hace recordar un relato emocionante que escuché hace poco al científico y escritor Leonard Mlodinow, sobre una experiencia de su padre mientras fue prisionero de los nazis en el campo de concentración de Buchenwald. Al parecer un día el buen hombre se sintió tan muerto de hambre que robó unas pocas rebanadas de pan de la panadería del campo. Cuando el oficial jefe de este servicio notó el hurto , hizo que los agentes de la Gestapo pusieran en fila a los diez presos sospechosos. » ¿ Quién ha robado el pan? , les preguntó. Al no obtener respuesta ordenó a los carceleros fusilar a los aterrados prisioneros uno por uno ,hasta que todos muriesen o uno cantara. El padre de Mlodinow dio entonces un paso adelante y confesó el robo. No lo hizo tanto por altruismo como por fatalismo, explicaría más tarde, ya que estaba seguro de que iba a ser ejecutado de todas formas. Sin embargo ,y para su sorpresa, el jefe de la panadería no solo le perdonó la vida, sino que además lo nombró su ayudante. Gracias a ello el padre de Mlodinow vivió para contarlo.

Y mientras anotaba estas ideas también ocurrió algo insólito en Nueva York. El viernes 5 de diciembre de 2007 el andamio de madera en el que trabajaban los hermanos Edgar y Alcides Moreno, limpiadores de ventanas, se desplomó al vacío desde el piso cuarenta y siete de un rascacielos del este de Manhattan ( una altura de 160 metros). El cuerpo de Edgar se desintegró por el impacto, pero Alcides sobrevivió a la caída. Pese a haber sufrido múltiples fracturas y roturas de órganos internos, los bomberos se lo encontraron consciente y sentado en los restos del andamio. Hospitalizado en estado crítico, Alcides fue sometido a nueve operaciones y transfusiones de varios litros de sangre. Pero al final, este hombre de treinta y siete años, casado y con tres hijos pequeños , sobrevivió. Los médicos que lo trataron nunca habían visto un caso parecido. cuando el periodista James Barron del diario The New York Times preguntó al jefe del servicio de traumatología que lo trató cómo se lo explicaba , se limitó a decir » Si usted cree en los milagros, este sería claramente uno».

La verdad es que , si reflexionamos un poco, se hace evidente que las casualidades juegan un papel determinante en nuestra existencia. La coincidencia de circunstancias imprevisibles con factores personales y sociales configura nuestras decisiones y determina los desenlaces de nuestros enfrentamientos con los avatares de la vida. Y cuando pensamos sobre los hechos que hemos vivido, casi siempre nos referimos a la buena o a la mala suerte para catalogar los resultados insospechados, favorables o adversos.

La suerte es una idea tan arcaica como universal, cuyo poder ha sido casi siempre atribuido a misteriosas fuerzas externas . De hecho, además de la antigua y venerada diosa Fortuna, casi todas las divinidades que han surgido a lo largo de nuestra historia han retenido su popularidad en tanto en cuanto sus intervenciones han sido consideradas beneficiosas por sus seguidores. Nadie va al templo para atraer la mala suerte, es verdad que si bien todos podemos hablarle a Dios y rogarle que nos libre del mal, no resulta nada fácil obtener respuesta. Con todo, las religiones de hoy son vehículos que permiten a millones de personas canalizar la ilusión y la esperanza que ya florecen de forma natural en sus mentes y les ayudan a neutralizar la indefensión que sienten ante posibles calamidades. En este sentido, las religiones son herramientas de nuestro natural optimismo y de nuestra inclinación natural a encontrar razones esperanzadoras y motivos para luchar por sobrevivir.

Mucha gente se protege del mal agüero adoptando costumbres que están basadas en pensamientos mágicos. Por ejemplo, en Nueva York , los actores de Broadway nunca se desean buena suerte unos a otros ni mencionan el nombre de Macbeth. en muchas partes del mundo son legión quienes no se atreven a pasar por debajo de una escalera, abrir un paraguas dentro de casa o se inquietan a las vista de un gato negro. U a nuestro alrededor abundan las personas inteligentes y sensatas que confían ciegamente en los poderes sobrenaturales de amuletos , fetiches, talismanes o mascotas para atraer la buena fortuna y ahuyentar la mala.

La fortuna se presta a la subjetividad. No pocos se sienten afortunado sin serlo objetivamente, mientras que otros, desde luego afortunados, se consideran auténticos cenizos. Además , la suerte es un motivo muy popular de autodisculpa. Todos hemos protegido alguna vez la autoestima o la imagen pública trasladando la responsabilidad de nuestros fallos y decisiones erradas a la mala pata y atribuyendo nuestros éxitos a la propia competencia, y cuántas no habremos pensado que nuestros contrincantes triunfan por fortuna y pierden por ineptitud.

La verdad es que mis vínculos con la suerte han sido bastante buenos hasta ahora. Quizá el momento culminante de esta feliz relación tuvo lugar la trágica mañana del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York. A causa del cargo oficial que ocupaba entonces, como directos del sistema de Hospitales Públicos de la ciudad, tras producirse los atentados me desplacé al puesto de mando provisional que había improbidad el Departamento de Bomberos en la calle Vesey, al pie mismo de las Torres Gemelas. El increíble espectáculo y las imágenes alucinantes me dejaron sin habla, casi hipnotizado. A pocos metros de nosotros, los dos rascacielos ardían como inmensas teas, mientras los jefes de bomberos y sus veteranos ayudantes, embutidos en sus pesados trajes negros con franjas amarillas, iban y venían incansablemente , en un denodado esfuerzo por ayudar a las víctimas de los ataques. Cuando al fin la lucidez me devolvió a la realidad , decidí dar la alarma por teléfono al hospital público más cercano. Pero mi móvil no funcionaba. En aquel momento, que sería crucial para mí, un desconocido surgió de la vorágine y se ofreció amablemente a acompañarme a las oficinas de un cercano edificio de oficinas para que pudiera acceder a un teléfono fijo. No llevaría más de cinco minutos hablando con el director del Hospital Bellevue cuando la comunicación se cortó en seco, las luces se apagaron y el inmueble comenzó a temblar violentamente en medio de un rugido ensordecedor. Tras unos instantes interminables cesaron las sacudidas y después deque un líder espontáneo nos guiara a la salida, los pocos que nos encontrábamos allí encerrados escapamos aterrados del edificio, abriéndonos paso a través de una espesa e irrespirable polvareda gris, montañas de escombros y un tropel de hombres y mujeres que corrían aterrados en todas direcciones.

Un par de horas después de haber huido de aquel inolvidable infierno, me enteré de que la especie de terremoto que había sentido mientras hablaba por teléfono fue causado por el derrumbamiento de la primera torre. Trágicamente su desplome había aplastado a todos los bomberos que se hallaban en el puesto de mando, donde yo había estado apenas momentos antes de ir en busca de un teléfono , incluyendo a los jefes Bill Feehan y Peter Ganci. Gracias a la buena suerte de que no me funcionara el móvil había salvado la vida.

El factor suerte llama la atención principalmente en estas situaciones en las que no podemos predecir el desenlace. Nos consideramos con suerte cuando obtenemos buenos resultados pese a no haberlo intentado, y aún más cuando los buenos resultados ocurren a pesar de haber adoptado resoluciones improcedentes o de llevar a cabo comportamientos erróneos. Por el contrario, nos sentimos especialmente desdichados cuando las cosas se tuercen pese a haber invertido mucho esfuerzo y tomado todas las precauciones posibles. Los enfermos que se curan con rapidez a pesar de ingerir medicinas incorrectas, que no son pocos, son enfermos afortunados. Quienes empeoran pese a seguir el tratamiento adecuado son ostensiblemente desafortunados.

Fuente: Dr Luis Rojas Marcos Supera la adversidad

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